Luego de estar en Palacio Real y Palacio de la Moncloa era tiempo que los héroes españoles se dieran un baño de popularidad. Salieron en un bus descapotable que partió desde la calle Princesa y ya se podía ver a miles de aficionados de la roja listos para recibir a los ídolos de la jornada. Todos querían verlos de cerca, saludarlos, tocarlos y decirles a la cara ¡Gracias Campeones! Gracias por hacernos vivir este inolvidable momento, por habernos hecho entrar en el club de la inmortalidad de los dioses del Olimpo del fútbol.
Nada es imposible para los jugadores de la roja, que con ese poder que los caracteriza conquistaron el mundo para ponerlo a nuestros pies. Los lemas en el bus resaltaban eso, y el enorme dibujo de la Copa nos pintaba la proeza lograda por esos luchadores. Siguieron la ruta a paso lento, era casi imposible avanzar porque a su paso cientos de hinchas los rodeaban como en una procesión.
Es que en verdad era eso, la procesión de San Iker que le hizo un paradón a Robben en la final, la procesión de San Puyol que con su cabeza nos metió en la final, la procesión de San Iniesta que en los minutos más difíciles anotó el gol que selló la victoria. Era la procesión de la Copa del Mundo que coronaba la victoria de todo un pueblo que siempre esperó para hacer realidad los sueños de la infancia.
Tardaron casi tres horas en llegar a Puente del Rey y hubieran tardado más porque nadie quería dejar de saludar a los campeones. Con la garganta casi seca, pero el corazón a mil por hora, “Yo soy español, español, español” era el grito de todos. Llegando al Manzanares la locura daba rienda suelta. Grandes, pequeños, mujeres y hombres, todos mezclados vistiendo la roja se transformaban en la marea que recibía a los campeones. ¡Ya están aquí! Fue el grito, y entrando uno por uno al escenario los jugadores ponían cara de perplejidad al ver a tanto español orgulloso de lo que hicieron.
Lo que siguió quedará en la memoria de todos. Hablaron los protagonistas y pasearon la copa. Pepe Reina se encargó de la presentación de todos y al nombrar a cada compañero los asistentes respondían con el furor que solo el campeón puede tener. Ni ellos que estaban en el escenario ni los miles de aficionados podían creer que ese momento fuera verdad. No hay palabras para describir lo que nos han hecho vivir. No hay emoción más grande que ver tu bandera por todo lo alto, que el corazón casi te salga del pecho del orgullo que sientes. No hay forma de pagarles lo que hicieron por este pueblo ansioso de triunfos. ¡GRACIAS CAMPEONES!